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PENSUM

Imagen: Jetro Centeno Lara y Jorge Solís ArenazasComposición, mezcla y masterización: Jorge Solís Arenazas

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En 2019 me invitaron a participar en un festival de literatura expandida (Otro tiro de dados) que se realizó en el Museo del Chopo. El set consistía en explorar las posibilidades de la creación literaria a través de soportes y formatos libres, más allá de la página convencional; la única exigencia era partir de un texto. 
    En lugar de trabajar con una obra literaria en particular, quise explorar el concepto mismo de texto, investigando sus entrecruces con el aparato museístico. ¿Cuál podía ser el lugar de un cuerpo textual en el dispositivo del museo, con sus funciones propias de mediación, legitimación y conservación? 
    Me interesaban los paralelismos o puntos de contacto entre escritura y arquitectura o, en otras palabras, los vasos comunicantes entre estructura verbal y relato arquitectónico (o viceversa). Este enfoque me pareció pertinente porque me permitía poner en juego algunas resonancias históricas del lugar, que encierra en sí mismo una contradicción: en términos materiales, el edificio solía tener cierta potencia nómada, pues su ligereza le permitía ser desmontado y desplazado a otros lugares; sin embargo, su función como museo ha sido justo la opuesta, como un sitio donde las obras adquieren peso y fijeza.     
    Originalmente, el recinto se construyó con una estructura modular de tipo Jugendstil. Fue creada hacia 1902 por Bruno Möhring como cuarto de máquinas para la metalúrgica Gutehoffnungshütte, en Alemania. Pero una empresa mexicana la compró y, entre 1903 y 1905, volvieron a armar la estructura en su ubicación actual de la Ciudad de México. Muy pronto el edificio abandonó su vocación industrial y se transformó en un centro de exposiciones (primero en los pabellones de ferias de la época, más tarde para exposiciones científicas, donde la gente iba a ver monstruosas osamentas de mamuts y dinosaurios; desde hace algunas décadas se especializa en arte contemporáneo; ahí, dicho sea de paso, fui a mi primer festival de música y arte electrónico en la lejana década de los noventa). 
    En 2006, el arquitecto Enrique Norten fue comisionado para intervenir el edificio. Diseñó una especie de caja de cristal que flotaría dentro de la antigua nave industrial. Pero cuando el sitio volvió a abrir sus puertas, en 2010, esa caja se había convertido en una pesada estructura que se imponía a la historia y a la arquitectura original, que ya no puede verse, sino de forma fragmentada, a través de reflejos en algunas superficies. 
    El antiguo museo, de espacios amplios y abiertos, quedó relegado como contenedor de la nueva estructura arquitectónica, que tiene una fuerte carga narcisista. La intervención de Norten nos induce a olvidar el anterior relato arquitectónico, enraizado en la historia de la ciudad. Además, dificulta que florezcan más adelante otro tipo de relatos-estructuras. Es una arquitectura que no solo le da la espalda al pasado, sino que se encierra sobre sí misma ante lo que podría venir después.
    Finalmente, con esto el círculo parecía cerrarse: en términos arquitectónicos, el dispositivo del museo se convirtió en un monólogo. En lugar de presentarse como un relato abierto y en movimiento, pretende fijar el sentido de cualquier otra enunciación. Y la pregunta que queda en el aire es si este tipo de comportamientos no está en la naturaleza de nuestras estructuras arquitectónicas-textuales, si los mecanismos de sentido y significado aspiran siempre a ser formas cerradas y definitivas. 

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En este punto invité a mi amigo Jetro Centeno Lara, arquitecto y audiófilo, quien además ha hecho piezas audiovisuales (reapropiándose materiales cinematográficos para investigar los discursos espaciales en las películas). La colaboración fue muy natural, porque hemos intercambiado ideas acerca del sonido, el cine y la arquitectura durante muchos años. Una vez que le di todas mis grabaciones sobre el museo, él creó un montaje como si se tratara de agrupar las frases de un texto, jugando con la sucesión, las repeticiones, el empalme de imágenes. La idea consistió en que las imágenes hicieran un recorrido por los recovecos del lugar, generando una lectura del espacio. 
Todo eso se proyectó mientras yo tocaba en vivo, procesando grabaciones de campo del mismo sitio y de sus alrededores, probando cómo funcionaba el museo cuando los ruidos del entorno no se quedaban fuera de sus paredes, sino reclamaban un lugar dentro de sus salas. 
    Ahora, seis años después de aquella primera versión, retomamos esta pieza audiovisual, modificando el montaje (que se redujo un tercio del tiempo) y dándole otro giro, pues fuera del sitio en específico algunas cosas de la versión original perdían sentido. A diferencia de la versión anterior, en esta las imágenes no funcionan como un registro pormenorizado del lugar, sino que proyectan su propio relato (los espacios se vuelven a abrir a través del movimiento). Y, por su parte, los sonidos ya no se detienen en las condiciones específicas del recinto, sino que adoptan una perspectiva más flexible, permitiéndose incluso cierta intención arqueológica, al organizarse por estratos (y centrándose en las huellas industriales del lugar). 


Agradecimientos: 
A Regina Ortiz, Jetro Centeno, Daniel Saldaña Paris y al equipo del Museo del Chopo. 

Imagen: Jetro Centeno Lara y Jorge Solís Arenazas
Composición, mezcla y masterización: Jorge Solís Arenazas

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Videoasta: Yanieb Fabre

Imagen: Roger Leboudin

Música: Jorge Solís Arenazas & Emilio Hinojosa Carrión

Masterización: Jorge Solís Arenazas

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Videoasta: Yanieb Fabre

Imagen: Roger Leboudin

Música: Jorge Solís Arenazas & Emilio Hinojosa Carrión

Masterización: Jorge Solís Arenazas

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